A mediados de los años 80, en plena posmodernidad y juventud entusiasta, decidí dedicarme a la escultura. Pensaba que el arte era una forma de estar en el mundo, un compromiso y una apuesta por la libertad. Imaginaba que mi taller era un barco en el que cada mañana debería trazar el rumbo de mi vida: ¿hacia dónde?, ¿por qué?, ¿para qué?
Y fue la práctica diaria de la escultura y el replanteamiento continuo de estas preguntas lo que me fue llevando hacia el estudio de la filosofía: ¿qué tipo de conocimiento nos aporta la experiencia estética?, ¿dónde confluyen y se distancian la teoría y la praxis del arte? Hoy sigo sin hallar respuestas a todas estas preguntas, pero he aprendido que lo verdaderamente importante son las preguntas mismas.

